Proxémica aplicada a la pandemia | Una nueva dimensión oculta

Proxémica aplicada a la pandemia | Una nueva dimensión oculta

Por Andrés Muñoz, arq.

“La dimensión oculta” es un libro de 1966, escrito por Edward Hall, un antropólogo e investigador intercultural estadounidense que introduce unos años antes del libro el término “proxémica” para describir las distancias interpersonales mientras se interactúa, vocablo que también refiere a un conjunto de interpretaciones acerca del empleo y condicionantes que impone el espacio a cada una de las personas y grupos sociales.

La teoría consiste en una serie de estudios culturales acerca del espacio que rodea a cada uno de nosotros, que se traducen fácilmente en burbujas que encierran distancias, íntimas (hasta 45/50 cm), personales (hasta 120 cm), sociales (hasta 350 cm) y públicas de hasta 900 centímetros. Se trata de una esfera que determina la comodidad o incomodidad al estar en relación con otras personas en un determinado ámbito espacial que también influye. A cada una de éstas le corresponden una serie de factores que intervienen y de características específicas, fácilmente demostrables. Si tomamos los extremos, podemos decir que en una distancia íntima se percibe el perfume y no es necesario elevar la voz ya que basta con susurrar para ser escuchado, mientras que en una distancia pública estaremos frente a una situación -que por ejemplo podría ser la de una clase- donde las características físicas del disertante pasan a un segundo plano y se hace necesario proyectar la voz.

Sumado a esto, la variación cultural es un factor muy importante, porque demuestra tener grandes diferencias entre los latinos y sajones, por ejemplo, verificando menos distancia entre los primeros y mucha más entre los segundos. De hecho estuvo circulando en las redes sociales un meme que mostraba la nula diferencia que se verifica en los países escandinavos antes y después de las medidas de distanciamiento social, donde incluso saludar puede ser mal visto.

Lamentablemente para nosotros, la distancia entre íntima y personal que solemos usar los latinos con amigos y familiares queda suprimida y relegada a una distancia social (según los expertos de un metro y medio o dos), que mantendríamos con gente a la que no necesariamente le tenemos confianza. Perderemos los detalles y expresiones del rostro mientras vemos el cuerpo entero, estando impedidos de poder tocarnos. La voz, si bien tiene un volumen normal, hace que nuestra conversación incluso pueda ser escuchada por otras personas ajenas al núcleo.

Sin embargo, gracias a la tecnología, éste contacto está siendo frecuentemente reemplazado por una fría imagen de plástico pixelada, lo único que podremos dejar entrar en nuestra burbuja de convivencia cotidiana. Ante esto, el costo emocional para nosotros ha de ser altísimo, además de no saber con precisión hasta cuándo tendremos que modificar nuestras costumbres casi intuitivas, con las que nos hemos criado y tendemos a mantener en nuestra vida.

Quizás los espacios, como lo hacen en la teoría de Humphry Osmond, deberán ser modificados para que no nos inviten a estar juntos, transformándose en espacios sociófugos. Así lo denominó el Doctor, el cual en el siglo XX observó el comportamiento de grupos en distintos espacios y descubrió que algunos tienen a mantenernos apartados (como el hall de una estación de tren) y otros tienen a reunirnos, denominado a éstos espacios sociópetos. Los equipamientos también tendrán una gran importancia en éstos, colaborando con esa condición. Así, por ejemplo, en Italia, proponen mesas de restaurant con separadores de acrílico, tal como los confesionarios de las iglesias, estaremos separados de nuestra cita por un límite virtual -aunque no visual- que impedirá el mutuo contagio.

Los espacios, el equipamiento y por ende la arquitectura tendrán mucho que aportar para ayudarnos a convivir en una nueva etapa de distanciamiento social, ¿estaremos listos para el desafío?

22 abril 2020 / 2 Comments / by / in ,
  • Elizabeth Lorena Tato says:

    Yo creo que si estamos listos. Todos los desastres naturales, económicos, sociales y/o biológicos pasaron por algo, tal vez para que le de un clik a nuestras mentes y acciones, no obstante provocando que éstas den un giro de 180grados y cambiemos el panorama. A veces las catástrofes y guerras son necesarias, sino la arquitectura moriría en el intento. Ella se nutre también de todas estas problemáticas para su crecimiento y desarrollo.

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